viernes, 21 de septiembre de 2012

"El primer día", Marc Levy.

La joven escupió la bola de papel sobre su mano y suspiró.
- Ya está. ¿Ahora ya te acuerdas de mí?
Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, pero yo me quedé inmóvil, con los brazos colgando; el ascensor volvió otra vez hacia el último piso.
- Te ha hecho falta mucho rato, esperaba haberte marcado un poco más, o a lo mejor es simplemente que estoy mucho más vieja...
- No, te aseguro que no es eso. No sé, el color de tu pelo...
- Tenía veinte años, en aquella época cambiaba mucho de color de pelo, pero ahora ya no. Tú no has cambiado nada, algunas arrugas más, tal vez, pero sigues teniendo esa mirada perdida en el vacío.
- Realmente, lo último que me esperaba era encontrarte aquí... después de todos estos años.
- Reconozco que lo habitual no es reencontrarse en un ascensor. ¿Quieres que volvamos a hacer otro viaje de bajada y subida por todos los pisos del edificio o me vas a llevar a cenar?
Y, sin esperar respuesta, Keira dejó caer su carpeta al suelo, se lanzó a mis brazos y me besó. Aquel beso me supo a papel maché; era exactamente eso, un beso de papel en donde en otro tiempo había soñado con escribir todo lo que sentía por ella. Hay algunos primeros besos que hacen que tu vida entera se desequilibre. Incluso si uno no quiere aceptarlo, es así. Esos primeros besos te pillan por sorpresa, sin previo aviso. A veces eso suede con el segundo beso, aunque este ocurra quince años después del primero. 

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