" Lo miré y respondí:
- Absoluta. Mente. No.
Y me dio una bofetada en la cara. Fuerte, rápida, dura. Terminó incluso antes de que me diera cuenta de lo que acababa de ocurrir. Me ardía la cara por el golpe que apenas podría creer que había recibido.
Si nunca te han dado una bofetada, te diré algo: es humillante, más que nada, porque se te llenan los ojos de lágrimas, aunque no quieras llorar. La conmoción y la fuerza misma del golpe estimulan los conductos lagrimales. Es imposible recibir una bofetada y permanecer impasible. Lo único que puedes hacer es quedarte quieta, con la mirada fija en el frente mientras se te enrojece la cara y se te llenan los ojos de lágrimas".
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