miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Desde mi cielo", Alice Sebold.

El señor Harvey me obligó a quedarme quieta debajo de él y escuchar los latidos de su corazón y el mío. El mío daba brincos como un conejo mientas que el suyo hacía un ruído sordo, como de martillo contra tela.
Nos quedamos allí tumbados, con nuestros cuerpos tocándose, y mientras me estremecía, tuve una poderosa revelación. Él me había hecho eso y yo había vivido. Eso era todo. Seguía respirando. Oía su corazón. Olía su aliento.
La tierra oscura que nos rodeaba olía como lo que era, tierra húmeda donde los gusanos y otros animales vivían sus vidas cotidianas. Podría haber gritado horas y horas. Yo sabía que iba a matarme. Pero no me daba cuenta de que era un animal ya agonizante.
- ¿Porqué no te levantas? -me preguntó el señor Harvey, rodando hacia un lado y agachándose sobre mí.
Habló con una voz suave, alentadora, la voz de un amante a media mañana. Una sugerencia, no una orden.
Yo no podía moverme, no podía levantarme.
Al ver que no lo hacía, (¿fue sólo eso, que no siguiera su sugerencia?) se inclinó y buscó a tientas en el saliente que tenía encima de la cabeza, donde guardaba su cuchilla y la espuma de afeitar, y cogió un cuchillo. Desenfundando, me sonrió, curvándose en una mueca burlona.
Él me quitó el gorro de la boca.
-Dime que me quieres-dijo.
Se lo dije en voz baja.
El final llegó de todos modos.

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